Quienes el 11 de septiembre de 2001 brindaron con champagne y en nombre de Marx por la muerte de alrededor de 3.000 trabajadores y ciudadanos de 80 nacionalidades a manos de una secta medieval dirigida por un jeque multimillonario pueden observar hoy los efectos previsibles de aquellos hechos, inaugurales en la globalización del terrorismo: el auge mundial del autoritarismo, el nacionalismo, el militarismo y la violencia; la entronización global de los peores líderes y la perdida generalizada de vidas humanas, libertades civiles y legitimidades democráticas a ambos lados de las imaginarias barricadas.
Como toda estrategia nacionalista en el mundo global, el terrorismo fundamentalista es zombie: obtiene efectos contrarios a los que dice perseguir.
Quienes actúan en nombre de la creación de una Nación Islámica han contribuido a la división del mundo árabe. Quienes dicen estar por la autonomía de las naciones de Medio Oriente han posibilitado la creación, impracticable en otro contexto, de protectorados occidentales en Afganistán e Irak. Quienes sostienen actuar en contra de George W Bush y los halcones de Washington son, de hecho, sus mejores aliados. Quienes dicen combatir por el bienestar de los pueblos del Tercer Mundo han promovido una oleada racista contra sus inmigrantes y generado una fuga de capitales de los mercados emergentes que deja a sus pobladores en una situación aún peor que la precedente, ya suficientemente dramática.
El carácter bárbaro de la batalla contra la Modernidad y la Civilización que el terrorismo promueve hace necesario analizar profundamente sus raíces a la luz de la experiencia acumulada por la humanidad. En este sentido, y dejando en claro que explicar no implica justificar, es posible observar que las oleadas terroristas han tenido lugar en situaciones en las que prevalecían:
1) desigualdades sociales percibidas como inaceptables;
2) un sistema político antidemocrático y carente de legitimidad, y
3) disputas profundas en torno a la extensión de la unidad política.
Oleadas terroristas
Por la simultaneidad de estos tres elementos, bien cabe recordar la anterior oleada terrorista que conmovió al mundo, desde fines del siglo XIX hasta inicios del XX, y que se desarrolló en medio de la ilegitimidad del orden monárquico-aristocrático, de las desigualdades típicas de la fase inicial del industrialismo y de los conflictos territoriales relacionados con la fundación y estabilización de los estados nacionales centroeuropeos.
En cuanto al fugaz terrorismo de posguerra que tuvo lugar en Alemania, Italia y Japón, naciones que abrazaron el fascismo, y en países como la Argentina y España, gobernados durante largo tiempo por dictaduras militares nacionalistas, desnuda otros elementos típicos de todo terrorismo: su pretendido carácter de representante de los derrotados por fuerzas modernizantes, su composición social basada en sectores desplazados de las elites, su índole declarada o encubiertamente nacionalista, su antiamericanismo, antiparlamentarismo y anticapitalismo, su apego a la violencia, y su desprecio por la vida humana y por la capacidad del sistema político para reformarse democrática y pacíficamente.
Hoy, el terrorismo fundamentalista islámico renueva todos y cada uno de estos antivalores y los representa en la escala global. Apenas las naciones avanzadas se unificaron y democratizaron, entendiendo igualitariamente los derechos civiles, políticos y sociales todos sus ciudadanos, el terrorismo a escala nacional cayó al basurero de la historia para no retornar salvo episodios breves y aislados.
¿Por qué no pensar que es este, exactamente, el caso del mundo? ¿No enfrenta hoy el planeta problemas similares a los que enfrentaron las naciones-estado en el momento de su unificación y democratización ¿No extrae el terrorismo fundamentalista sus pretensiones de legitimidad de la percepción del escándalo de las desigualdades internacionales, del agravamiento de las desigualdades internacionales, de la sensación de impotencia de los ciudadanos del mundo frente a un orden global que parece haber escapado de todo control democrático? ¿Y se replantea hoy a escala global el problema que ha caracterizado corto y sanguinario siglo XX europeo: el de la extensión de la unidad económico-política por encima de la escala nacional?
Que los atentados de Londres hayan sido ejecutados en un espacio y un tiempo tan cercanos a la cumbre del G8 es mucho más que ni mera casualidad. Se ha tratado de un intento deliberado, por parte de terroristas, de aprovechar el déficit de representatividad democrática mundial para justificarlos. Sin embargo, la instrumentalización criminal de este argumento no implica su falsedad.
De hecho, el G8 constituye una especie de Poder Ejecutivo mundial nada representativo, antidemocrático, poco transparente y signado por la voluntad de los más fuertes; un poder elitista que establece una suerte de voto calificado global que es solamente sensible a los intereses de 1 ciudadanos del Primer Mundo. Sus lideres violan misma idea de representatividad democrática cuando toman decisiones cuyos efectos son globales que nadie, ni siquiera los ciudadanos de sus propios países, los hayan elegido para ello. Y estos abusos hacen particularmente claros en el caso de George W Bush, presidente del estado nacional más poderoso del planeta, tan celoso de las soberanías nacionales cuando trata de proteger a sus militares de las acciones de la Corte Penal internacional o de preservar el derecho de las corporaciones norteamericanas a contaminar irresponsablemente, como dispuesto a violar invadiendo Irak en nombre de la seguridad global y la democracia.
La fortaleza del terrorismo
Quienes señalan que los muertos en los atentados son relativamente pocos, minimizan la dimensión de la amenaza terrorista. No está más recordar que un atentado contra una sola persona, el que terminó en 1914 con la vida del archiduque Francisco Fernando de Aus fue la campana de largada de los treinta años más dramáticos de la tona de la humanidad. A esta experiencia debemos apelar para evitar soluciones nacionalistas a problemas que se han tornado mundial como la globalización del terror. Combatirlo por medios nacionalistas aplicados globalmente, como intenta hacer la administración Bush cuando “supranacionaliza” sus prisioneros en Guantánamo, los “exporta” a países en los que la tortura es una práctica aceptada o forma coaliciones internacionales para invadir Irak, constituye otra estrategia zombie-nacionalista cuyos resultados son opuestos a sus objetivos, como Madrid y Londres acaban de demostrar.
En un mundo global, la idea de la “seguridad nacional” estalla por todos lados. En mundo global, la seguridad es global y se basa en la extensión de la democracia o se convierte en un paradigma zombie que tiende a dividir la humanidad y a asegurar la doble persistencia de la violencia y las desigualdades.
A despecho de tanto debate infructuoso, Justicia e Igualdad nunca han sido antagónicas. La criminalidad, terrorista o no, se combate persiguiendo a los criminales y sometiéndolos a un juicio y un castigo justos y —al mismo tiempo— combatiendo las desigualdades e iniquidades que favorecen la proliferación del crimen y su justificación. Pero para proveer estos bienes públicos universales —Justicia e Igualdad— a escala planetaria, se necesitan tribunales imparciales e instituciones democrático-representativas de las que la humanidad carece totalmente en la cada vez más determinante escala global.
Un mundo que no avance hacia la globalización de la democracia avanzará hacia la globalización del terror.
Quienes comprenden que un mundo global implica la toma de decisiones políticas globales 3 están a favor de la democracia carecen de argumentos racionales para oponerse a la superación del actual orden antidemocrático global regido por el G8, el FMI el Consejo de Seguridad de k ONU y la Organización Mundial del Comercio, y al reemplazo de estas organizaciones internacionales por instituciones democráticas mundiales basadas en el principio “un hombre-un voto”. Me refiero a un Parlamento mundial en el que la mayoría de los seres humanos, que habita en e] Tercer Mundo y no en el primero, tengan voz y voto, y a una Corte de Justicia mundial que pueda juzgar tanto a los terroristas que cometan crímenes contra la humanidad como a los jefes de Estado que cometan crímenes de guerra.
Por un tiempo demasiado largo, las opciones políticas a disposición han estado divididas entre una razón sin corazón y un corazón sin razones, entre el chauvinismo del bienestar primermundista y el tercermundismo nacionalista, entre las tecnocracias politico-económicas globalistas y el fundamentalismo de los perdedores de la globalización. Ninguno de estos proyectos políticos es capaz de generar un orden mundial democrático, justo, inclusivo, igualitario. Relegitimar democráticamente el poder político, combatir las oprobiosas desigualdades globales y contribuir a la unidad política mundial (o, al menos, proveer un marco de discusión pacífico a los desacuerdos internacionales), debieran ser las tareas centrales de una red global de decisiones democráticas extendida desde las naciones hasta los continentes y el mundo. Son estas también las tres condiciones esenciales para desactivar el terrorismo globalizado.
Durante el nacionalista siglo XX, el terrorismo sólo pudo ser derrotado por las democracias nacionales.
Durante el global siglo XXI, el terrorismo global sólo podrá ser derrotado por la elevación de la democracia a la escala global.
Si las fuerzas democratizantes del mundo no logran superar la falsa antinomia entre el primermundismo elitista y el tercermundismo irracional, que refuerza el nacionalismo, el autoritarismo, el militarismo y la violencia de los privilegiados de todas partes contra los deseos de paz, justicia, democracia e igualdad de los ciudadanos del mundo, la globalización del terror y de la guerra no pueden sino continuar. Lamentablemente.
Fuente: Revista Veintitres
sábado, 3 de febrero de 2007
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